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“Dichosos porque sus ojos ven»: Monseñor Fernando anima a los catequistas a redescubrir la alegría de ser elegidos por Dios

PRENSACEB 2023.07.23:La homilía de Monseñor Fernando durante el Encuentro de Catequistas 2026 subrayó que la vocación del catequista es una gracia de elección amorosa de Dios y una fuente de verdadera dicha cristiana.

Durante el Encuentro de Catequistas 2026, Monseñor Fernando dirigió una extensa homilía a los agentes de pastoral que anuncian el Evangelio en las comunidades, partiendo del Evangelio de Mateo y de las parábolas del Reino. En este marco, el obispo presentó la identidad y misión del catequista como respuesta agradecida a una llamada previa del Señor, que saca a cada uno “de entre la multitud” para convertirlo en discípulo y servidor de la Palabra.

La dicha de ser mirados y elegidos

El eje central de la predicación fue la expresión evangélica “Dichosos porque sus ojos ven y sus oídos oyen”, que Monseñor Fernando interpretó como una bienaventuranza dirigida especialmente a quienes han sido llamados al discipulado y al servicio catequético. Subrayó que la iniciativa no parte del ser humano, sino de Dios: es Cristo quien mira primero al discípulo “con amor”, ilumina sus ojos y le hace comprender el sentido profundo de las parábolas y de la Palabra anunciada.

Para ilustrar este misterio de la mirada amorosa, Monseñor recurrió a la experiencia cotidiana de las madres que contemplan a sus hijos recién nacidos hasta provocar la primera sonrisa, y a la imagen bíblica de Dios que pasea por el jardín buscando a Adán y Eva. Desde estas imágenes, insistió en que la vida cristiana y la vocación catequética no son un peso ni un sacrificio heroico que el creyente ofrece a Dios, sino una gracia jubilosa: “es la dicha de ser de Cristo”, de saberse amado y escogido.

La semilla: la Palabra que viene de lo alto

En un segundo momento, la homilía se centró en la interpretación cristológica de las parábolas, especialmente la del sembrador y la de la semilla. Monseñor Fernando advirtió contra una lectura meramente moral o sociológica, recordando que la semilla no son “valores humanos”, ni fruto de la “madre tierra”, ni creatividad del catequista, sino la propia Palabra de Dios que desciende desde arriba como lluvia que fecunda la tierra, según la imagen del profeta Isaías.

Retomando también textos del Evangelio de Juan, explicó que esta Palabra sembrada en el mundo se identifica con Cristo mismo, el Hijo amado que acampa entre nosotros y se entrega como “grano de trigo” que cae en tierra y muere para dar mucho fruto. De este modo, indicó que las parábolas deben ser leídas y anunciadas desde Cristo y hacia Cristo, pues él es la clave de interpretación; sin esta referencia viva al Señor, la predicación corre el riesgo de “hablar cualquier cosa” y no el contenido genuino del Evangelio.

Oídos que escuchan el amor del Padre

El tercer hilo conductor de la homilía fue la escucha. Monseñor Fernando invitó a los catequistas a preguntarse qué es lo que realmente oye el discípulo cuando se deja enseñar por Cristo, y respondió que la verdadera escucha cristiana es la recepción del amor del Padre manifestado en el Hijo.

Recordó las escenas del bautismo de Jesús y de la transfiguración, donde se oye la voz del cielo que proclama: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”, afirmando que sólo unos pocos, los discípulos cercanos, escuchan esta declaración de amor. A partir de este contraste, advirtió que quienes no acogen esta voz amorosa pueden terminar deformando la figura de Cristo, como los zelotas que quisieron hacer de él un líder político o Judas que lo redujo a un medio para obtener ganancias.

Llamado a los catequistas: misión y contemplación

Al final de su homilía, Monseñor Fernando animó a los catequistas presentes a vivir su servicio como participación en la belleza del amor de Dios manifestado en Jesucristo. Los exhortó a dejarse mirar y explicar por Cristo mismo, para que su catequesis no se reduzca a discursos morales o ideológicos, sino que conduzca siempre al encuentro con el rostro del Señor, fuente de la verdadera luz.

En esta línea, retomó la oración bíblica “Tu rostro, Señor, buscaré; no me escondas tu rostro” y la reflexión teológica de Joseph Ratzinger, señalando que el estudio, la predicación y la pastoral deben permanecer como búsqueda constante del rostro de Cristo. Desde esta espiritualidad de contemplación y anuncio, invitó a los catequistas a redescubrir su dicha: ser mirados por Dios, escuchar su amor y sembrar en las comunidades la Palabra que viene del cielo y fructifica en la vida del pueblo creyente.

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