Mons. Aurelio Pesoa: “No pidamos que desaparezcan los malos, pidamos que desaparezca el mal”
PRENSA.CEB.2026.07.19 En la homilía de este domingo “domingo de la siembra de la Palabra de Dios” Mons. Aurelio Pesoa, Obispo del Vicariato Apostólico del Beni, reflexionó sobre la parábola del trigo y la cizaña, destacando la paciencia y el amor de Dios, e invitó a no caer en la tentación de excluir, condenar o discriminar a quienes piensan distinto, sino a dar fruto de bien en medio del contexto actual del país
En la celebración eucarística de este domingo 19 de julio, Mons. Aurelio Pesoa, Obispo del Vicariato Apostólico del Beni, meditó sobre el Evangelio de Mateo que presenta la parábola del trigo y la cizaña, señalando que este pasaje puede entenderse como una manifestación de “la paciencia y el amor de Dios”. A partir de la imagen del dueño del campo que deja crecer juntas la buena semilla y la mala hierba hasta el momento de la cosecha, el Obispo recordó que “todo a su tiempo” y que el Señor no actúa con la prisa del ser humano, sino con una paciencia que da espacio a la conversión.
Mons. Aurelio subrayó que la Palabra de Dios de este domingo llama a los creyentes a no caer en la “tentación o ligereza” de excluir de la comunidad a quienes no piensan igual, ni a condenar, despreciar o discriminar al otro. “La palabra de Dios nos llama a ser semejantes al trigo que produce el bien”, indicó, invitando a ser personas que no se adueñan del bien ni son mezquins con él, aun reconociendo que el mal está siempre presente en el mundo.
Refiriéndose a la realidad actual, el Obispo señaló que muchas veces se tiene la impresión de que el mal es más fuerte que el bien, en parte porque los medios informativos suelen privilegiar lo escandaloso y sensacionalista, provocando “rabia, ira y molestia” en la población. Sin embargo, recordó que “el bien no hace mucho ruido, pasa serenamente y en silencio”, mientras que el mal “produce mucha bulla y es destructivo”, y animó a reconocer que existe un bien sembrado por Dios en el corazón de la humanidad que “dará fruto a su tiempo”.
Mirando la situación actual, advirtió que pareciera que el ser humano se va alejando de Dios y abandonando los valores humanos y cristianos, el bien común, la verdad, el honor, el respeto y los derechos de la persona. Frente a este panorama, la Palabra de Dios “nos invita a que no nos acostumbremos a esa manera de vivir de eliminar lo bueno” y a no permitir que nos roben la buena semilla sembrada en la vida de cada uno.
El Obispo fue enfático al señalar que “no debemos pedir que desaparezcan los malos, sino que desaparezca el mal”, pidiendo a Dios no la eliminación de las personas sino su conversión desde lo profundo del corazón. Invocó al “Dios bueno, que hace salir el sol sobre buenos y malos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos”, para que conceda a todos la gracia de caminar juntos con “esperanza cierta y caridad perfecta”, testimoniando fraternidad, justicia y paz.


