NOTICIASSan Ignacio de Velasco

Mons. Roberto Flock insta a recuperar la fe y el sentido cristiano en la Solemnidad de Todos los Santos y Fieles Difuntos

Prensa CEB 30.10.2026. En el marco de las conmemoraciones de fin de octubre e inicios de noviembre, el obispo de la diócesis de San Ignacio de Velasco, Mons. Roberto Flock, difundió un mensaje centrado en revalorizar el significado teológico y espiritual de Halloween, la Solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos, advirtiendo que la comercialización y el secuestro secular de estas fechas han opacado su sentido.

El prelado recordó que el término «Halloween» proviene del inglés antiguo All Hallows’ Eve («Víspera de Todos los Santos»), una expresión estrechamente vinculada a la sacralidad y a la luz de los santos. Sin embargo, señaló que el cruce con las fiestas de la cosecha del hemisferio norte y la presión del mercado provocaron una pérdida del trasfondo cristiano. Aclaró que, si bien no se opone a las manifestaciones culturales seculares, es fundamental recordar que la meta común de los creyentes es compartir la Comunión de los Santos, distinguiendo la inocencia festiva de los verdaderos males y abusos contra los más pequeños que condena el Evangelio.

A continuación la columna de opinión.

❤️ HALLOWEEN – TODOS LOS SANTOS – TODOS LOS FIELES DIFUNTOS.-
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Yo creo que contemplaré la bondad del Señor en la tierra de los vivientes. (Salmo 27,13)

La palabra «Halloween» viene del inglés de la época de Shakespeare y significa «All Hallows’ Eve», es decir, «Víspera de Todos los Santos». El inglés del Padrenuestro conserva este lenguaje al decir: «Hallowed be Thy Name», «Santificado sea tu nombre». Es como el «halo» de la iconografía de los santos. Al coincidir con las fiestas de las cosechas de otoño del hemisferio norte y debido a los intereses comerciales actuales, Halloween ha perdido por completo su sentido cristiano.

No tengo nada en contra de las fiestas y manifestaciones culturales seculares, pero es bueno recordar que todos tenemos una vocación común: compartir la Comunión de los Santos. El Halloween que recuerdo de mi niñez era una ocasión para reírse de los brujos y los vampiros. En nuestra inocencia, no sabíamos que los verdaderos monstruos son aquellos de quienes Jesús dijo que sería mejor atarles una piedra de molino al cuello y arrojarlos al mar por abusar de los pequeños y escandalizarlos (Mc 9,42; Lc 17,1-2; Mt 18,6).

El 1 de noviembre celebramos la solemnidad de Todos los Santos. Es una toma de conciencia de que el calendario litúrgico no tiene suficientes días para recordar a cada santo en su propia fiesta, porque son «una enorme muchedumbre, imposible de contar, formada por gente de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas» (Apocalipsis 7,9).

Entre los santos más recientes está Carlo Acutis, un adolescente italiano conocido como el «ciberapóstol de la Eucaristía», fallecido hace apenas 20 años, el 12 de octubre de 2006, y canonizado el 7 de septiembre de 2025 por el papa León XIV. Decía: «La tristeza es mirarte a ti mismo. La felicidad es mirar a Dios».

Pero no es necesario ser canonizado por la Iglesia para participar de la Comunión de los Santos. Quisiera pensar que esta incluye a mis abuelos y a mis padres, así como a muchos de los padrecitos y madrecitas que me acompañaron en mi formación y en mi ministerio. Dios lo sabe.

Por esto, el día después de Todos los Santos celebramos la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos. Una palabra clave es «fieles», pues se trata de quienes, en vida, nos esforzamos por ser fieles discípulos, hermanos e incluso amigos de nuestro Señor Jesucristo.

Sus enseñanzas nos permiten comprender que la vida eterna en su compañía, en la «Casa del Padre» (Jn 14,2), tiene que ver no simplemente con un buen comportamiento, sino con una relación muy personal con Jesús. «Yo soy la Resurrección», le explica a su amiga Marta con ocasión de la muerte de su hermano Lázaro. «El que cree en mí, aunque muera, vivirá» (Jn 11,25).

En la parábola del Juicio Final, insiste: «Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40). En una parábola anterior, las doncellas necias quedan excluidas del banquete no solo por llegar tarde, después de salir a buscar aceite para sus lámparas, sino también porque el esposo les dice: «Les aseguro que no las conozco» (Mt 25,12).

En cambio, al hombre que le dice: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu Reino», le responde: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,42-43).

La muerte de un ser humano es siempre un acontecimiento solemne, sea cual sea su causa o circunstancia. La manera en que reaccionamos ante ella, así como nuestras costumbres para las exequias y la despedida de un ser querido, revela nuestra fe en Dios, quizás más que en cualquier otro momento.

La falta de fe en Dios y en la Resurrección se manifiesta, por ejemplo, en gritos y lloriqueos exagerados o en la borrachera. Jesús lloró por la muerte de su amigo Lázaro (Jn 11,35), pero también consoló a Marta y María con el mensaje de la Resurrección, más allá de la resurrección temporal de Lázaro. Nuestras lágrimas nos ayudan a desahogarnos ante la muerte, pero nuestra fe en Cristo Jesús nos consuela. La liturgia de exequias y los ritos fúnebres pretenden fortalecer nuestra fe en Cristo resucitado.

Ojalá nuestras costumbres, signos y expresiones nos ayuden a enfrentar la muerte con fe. Decimos: «Que en paz descanse» o «Que de Dios goce». Esa paz no es el estado de un cuerpo sin vida, sino el de un alma en manos de Dios, que es Amor.

A mí me parece que la frase «Paz en su tumba» no es la más adecuada, porque, si bien tenemos cementerios y tumbas para disponer dignamente del cuerpo con el que disfrutamos de la vida terrenal, nuestra fe nos enseña que ese hijo o hija de Dios no está con su cuerpo en la tumba, sino con su alma en manos de Dios, hasta que reciba un cuerpo resucitado y glorioso.

Yo no quiero «paz en una tumba»; quiero gozar de la vida en abundancia en el cielo, junto a Dios, los santos y los ángeles. Jesús le dijo al buen ladrón: «Hoy estarás conmigo en el paraíso», no pasado mañana, cuando recién iba a resucitar glorioso.

«Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo. La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos, que es completamente distinta del castigo de los condenados» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1030-1031).

El purgatorio no es algo que experimente el cuerpo en una tumba, sino una forma en que Dios abraza con amor al alma. El fuego purificador es el mismo Dios-Amor. Para Satanás y sus secuaces, ese amor divino e infinito es un infierno; pero, para los creyentes que se dejan amar por Dios, es la participación en el amor infinito y ardiente de la Santísima Trinidad.

La intercesión de los santos, ya purificados y gozando de la Comunión de los Santos, es una participación en el amor que Dios nos tiene. Cuando nosotros oramos por nuestros queridos difuntos, también participamos del amor misericordioso de Dios hacia ellos. Es una terapia espiritual para nosotros y un amor purificador para ellos.

Que nuestras celebraciones de Halloween, Todos los Santos y Todos los Fieles Difuntos sean una manifestación de fe en Dios, una expresión de esperanza en la Resurrección y una vivencia del mandamiento nuevo de amarnos unos a otros como Cristo nos amó. Él nos amó mediante el sacrificio de su propia vida terrenal y nos dejó la promesa de la Resurrección y de la vida eterna.

Querido lector, que Dios te bendiga.

Mons. Roberto Flock
Obispo de San Ignacio de Velasco | Columnista
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FUENTE: Periódico El Día, Sección Opinión, viernes 30-10-2026

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