“El Reino de Dios comienza cuando lo dejamos reinar en nuestro corazón”, afirma Monseñor Centellas
Prensa CEB 2026.07.26 Permitir que Dios reine en el corazón y en la vida cotidiana para construir una sociedad marcada por la paz, el perdón y la fraternidad fue el llamado que realizó este domingo monseñor Ricardo Centellas, Arzobispo de Sucre, durante la celebración de la Eucaristía dominical, donde invitó a los fieles a asumir con autenticidad el proyecto de Dios y a dejar que el Evangelio transforme las actitudes personales y las relaciones con los demás.
En el contexto del Evangelio de este domingo, la Iglesia recordó que el Reino de Dios no es una realidad lejana ni un proyecto reservado para el futuro, sino una experiencia que comienza cuando cada persona permite que Cristo ocupe el centro de su existencia.
“Jesús vino a ser parte de la historia de la humanidad para presentarnos el proyecto de Dios, el hecho de que reine Dios o, en otras palabras, que nosotros dejemos reinar a Dios en nuestros corazones y en nuestras mentes. En eso consiste la vida cristiana porque todos sabemos que Jesús es vida, Jesús es paz, Jesús es perdón, Jesús es libertad”, expresó monseñor Centellas.
Además, explicó que la presencia de Cristo no transforma únicamente las prácticas religiosas, sino que renueva integralmente la existencia de quienes acogen su mensaje y hacen del Evangelio una forma de vivir.
Profundizando en esta enseñanza, monseñor Centellas señaló que los dones que Cristo ofrece solo pueden experimentarse plenamente cuando la persona está dispuesta a desprenderse de aquello que le impide vivir conforme a la voluntad de Dios.
“Solo es posible asimilar el perdón de Dios si nos despojamos de todo aquello que no nos permite vivir de acuerdo al perdón de Dios. Si queremos asimilar la paz que es Jesús, no podremos vivir esa paz si no somos capaces de despojarnos de tantas manifestaciones internas o externas de violencia”, afirmó. En ese sentido, concluyó que el Reino de Dios se hace visible allí donde las personas permiten que Dios gobierne su vida, porque entonces florecen la paz, el amor, la libertad, la hermandad, la fraternidad y la solidaridad, valores que, más que ideales, constituyen el rostro concreto de una sociedad inspirada por el Evangelio.
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