Mons. Eugenio Coter insta a la reconciliación fraterna y advierte que la justicia no debe usarse para la venganza
Prensa CEB 7.09.2026. En su homilía correspondiente a este Domingo 23 del Tiempo Ordinario, Monseñor Eugenio Coter, obispo del Vicariato Apostólico de Pando, reflexionó sobre el manejo de las ofensas, las relaciones humanas y la corrección fraterna dentro de las comunidades cristianas, a la luz del Evangelio de San Mateo.
El prelado comenzó señalando la tendencia natural y defensiva de las personas a tomar distancia cuando sufren una ofensa o desprecio. Sin embargo, enfatizó que el mandato evangélico propone un camino diferente y exigente: buscar al hermano para dialogar en privado y con caridad, no con el propósito de humillarlo, sino de reconstruir la relación y salvar la convivencia.
Justicia, verdad y reparación
En su mensaje, Mons. Coter hizo una distinción entre el perdón cristiano y la exigencia de justicia, remarcando que ambos conceptos deben ir de la mano.
«No puede haber una relación de amor si no hay una relación de justicia», afirmó el obispo, refiriéndose a las lecciones aprendidas por la Iglesia respecto a los casos de abuso y maltrato. Señaló que cualquier falta o delito grave debe pasar de forma necesaria por la justicia humana para que pueda existir un perdón verdadero, dejando en claro que se debe reclamar justicia para reparar y sanar, nunca como un instrumento de venganza.
Saber «soltar» y no vivir amarrados al rencor
El obispo de Pando abordó también los pasos que propone el Evangelio cuando el diálogo privado o con testigos no logra resolver el conflicto. En esos casos, exhortó a los fieles a no quedar «amarrados» a amarguras o resentimientos que generan sufrimiento continuo.
«Tenemos que aprender a soltar las cosas. Quedarte libre significa no cargar con una relación que te hace sufrir ni sentarte en torno a la herida para seguir hurgándola», explicó Mons. Coter, instando a desarmar los rencores y vivir en serenidad.
Finalmente, el obispo recordó que la actitud del cristiano debe sustentarse en la misericordia y en la capacidad de asumir la propia fragilidad, animando a la comunidad a ser un reflejo del amor de Dios mediante el perdón y la superación de las divisiones.


