Mons. Eugenio Coter: El verdadero amor como motor de la vida y la sociedad
Prensa CEB 26.10.2026. En su habitual homilía dominical, Mons. Eugenio Coter centró su mensaje en la necesidad de profundizar el sentido del amor, advirtiendo que la falta de este afecto genuino no solo empobrece las relaciones humanas, sino que arruina el tejido social y conduce a una profunda inmadurez espiritual.
El obispo reflexionó sobre las múltiples dimensiones del amor, señalando que muchas veces los seres humanos caen en la trampa de dividir sus afectos o de interpretar el amor de manera egoísta y superficial. «La profundidad del amor exige una unidad del corazón para vivirse y vivirse constantemente», afirmó Mons. Coter, destacando que amar a los demás no significa olvidarse de uno mismo, sino entender que la existencia humana se nutre de la entrega y la relación con el prójimo.
La falta de amor como raíz de las crisis cotidianas
El prelado hizo un llamado a examinar cómo la carencia de amor —más allá de las grandes problemáticas mundiales y guerras— se manifiesta en las pequeñas acciones cotidianas, en el ámbito profesional, laboral y familiar. Señaló con preocupación los casos donde las relaciones interpersonales se desgastan por el egoísmo, la irresponsabilidad o el incumplimiento de los compromisos mutuos, convirtiendo el trabajo y la convivencia en meros intercambios desprovistos de empatía.
«Cuando nuestro trabajo está hecho con falta de amor, nuestro trabajo se vuelve un engaño a los demás», aseveró, poniendo ejemplos concretos que van desde el ejercicio profesional hasta la labor diaria de los oficios, donde la ausencia de vocación y entrega termina arruinando la confianza en la sociedad.
El amor como decisión y mandamiento supremo
Mons. Coter enfatizó que el amor verdadero no es simplemente un enamoramiento pasajero o un sentimiento voluble sujeto al estado de ánimo, sino una decisión de vida, una voluntad firme de amar que va más allá de la emoción. Citando la centralidad de este valor en la doctrina cristiana, recordó que la medida más verdadera de la madurez humana se encuentra en la capacidad de amar a Dios, al prójimo y a uno mismo con autenticidad.
El obispo concluyó exhortando a la comunidad a revisar sus acciones concretas: «Lo que está al centro de tu corazón no son tus palabras, sino tus acciones; son ellas las que manifiestan si verdaderamente caminamos en el amor o si nos dejamos vencer por el egoísmo».
La eucaristía dominical dejó así un llamado a la reflexión sobre cómo construir relaciones sinceras que den sentido y madurez a la vida personal y comunitaria.


